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El drama aurifero | por Claudio Zamora

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Hasta mediados del siglo XIX Venezuela era un país netamente agropecuario, el eje principal era la producción de café de la cual llegamos a ser el segundo productor mundial después de Brasil, el cacao y los cueros completaban una economía ordinaria, para 1.853 se instala en el Yuruari la primera empresa de explotación del Oro Amarillo y unos veinte años más tarde la Petrolia del Tachira para la explotación del negro.

A partir de ese momento la economía de Venezuela comienza lentamente a cimentarse en sus nuevos recursos hasta convertirse en uno de los países con mayores reservas del mundo.

Con relación a la producción aurífera la misma se encuentra principalmente en la Reserva Forestal Imataca en el Estado Bolívar, un área situada en los Estados Bolívar y Amazonas y que cubre buena parte del territorio en disputa con Guyana, con un área similar a la superficie de Dinamarca, Suiza o los países bajos.

El principal problema es que los depósitos de mineral son de contenido aluvional, en la mayoría de las zonas inhóspitas del Estado y requieren grandes esfuerzos e inversiones, que el Estado no está dispuesto a cumplir y la empresa privada no se atreve por la fragilidad del ecosistema y el grave impacto ambiental que produce su explotación, en consecuencia el Estado tiene décadas haciéndose la vista gorda y cediendo tácitamente la explotación a grupos anarquizados que se instalan en la selva con sus carpas y tarantines como la Abuela Desalmada de Cándida Eréndira, la reciente tragedia en la mina “Bulla Loca” no está ajena a otras que han sucedido y seguirán sucediendo, porque ningún gobierno ha querido o podido solucionar este problema.

Si bien es cierto que es problema heredado por décadas y será injusto atribuirlo a un solo gobierno, también es necesario plantearse la disyuntiva que han hecho para mirar para otro lado, ponerle control es casi imposible, son territorios vírgenes a muchas horas de la civilización donde precariamente se talan algunos árboles para hacer un helipuerto para que los helicópteros puedan suministrar comida, maquinas y combustible para las faenas, para quien no tiene para costear los onerosos pasajes aéreos sólo les queda el transporte fluvial o los caminos selváticos conocidos por los indígenas, allí se establecen a la buena de Dios, en campamentos improvisados de lonas y plástico y comienza una producción anárquica donde los grandes beneficiados son los grupos de poder, en la mayoría de los casos hampa organizada quienes mantienen el control de las zonas mineras para grupos más elevados del altos funcionarios y jerarcas militares por medio de lo denominado “las alianzas”, que no son otra cosa que sociedades obligadas entre los que trabajan la mina y los que se benefician del producto, quienes deben cohabitar como un matrimonio obligado para poder tener acceso al combustible, la comida, las maquinas, repuestos y todo lo necesario para producir.

La otra solución extrema es cerrar el acceso a las zonas mineras y mandar a la calle a decenas de miles de personas que sobreviven de la actividad, algo nunca pensado por ningún gobierno. Queda sólo una vía que debe ser pensada y estructurada antes que se acabe con el precioso medio ambiente y las fuentes de agua de una zona frágil y protegida, es entregar concesiones a grandes corporaciones para la explotación con el compromiso de absorber toda la mano de obra existente, realizar el proceso con la menor carga de impacto ambiental posible, bajo patrones mundialmente aceptados, con el compromiso de reforestar las áreas intervenidas, generar nuevas fuentes de producción en el área, como la explotación alterna de productos generados por la explotación aurífera como coltan, caseterita, rodio, paladium, platinum y otros, el aprovechamiento de los recursos forestales intervenidos que quedan cortados y tumbados en medio de la selva y el desarrollo de las áreas urbanas cercanas o la creación de nuevos asentamientos, el minero de a pie seguirá trabajando por la subsistencia familiar pero con algunas medidas de protección por hoy inexistentes. Al final poco importa el numero de fallecidos, no debía haber muerto nadie para llevar comida a su casa.

Todos somos responsables de esta anarquía. Seguiremos conversando. [email protected]

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