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De cómo se encontraron Santa Cruz de Los Taques y Guasipati | por Raimond M. Gutiérrez M.

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El ciclo de la vida se va cerrando, “…el viento no se detiene, el cabello va plateando, del camino a recorrer ya no queda mucho tramo, pero si queda el ejemplo de ser un buen ciudadano…” (Letra de la canción “Llegar a viejo”, famosamente interpretada por el cantautor llanero ganador del Grammy, Orlando “Cholo” Valderrama, de la vecina Colombia. Y como quiera que “sólo quedan los recuerdos perdidos entre los años” (Ídem), es por lo que, en efecto, de mis reminiscencias emerge cómo se encontraron en Upata, dos pueblos de distinción regional: Santa Cruz de Los Taques del estado Falcón y Guasipati del estado Bolívar.

Pero es que esa remembranza no me llega por los pueblos en sí, sino por dos de sus respectivos hijos… Roger José Díaz Davalillo (QEPD) y Morella Olivacci de Díaz; él de Santa Cruz de Los Taques (mpio. Los Taques, en la península de Paraguaná) y ella de Guasipati (mpio. Roscio).

De la época juvenil de ambos conozco muy poco, pues supe de ellos cuando el uno y la otra rondaban los 40 años, andando yo por los 13.

Para entonces “míster” Roger -como lo llamábamos respetuosamente-, era un próspero y acaudalado ganadero, propietario del hato “El Pilar”, situado en lo que entonces era el municipio foráneo El Palmar del distrito Piar (entrando por Santa Cruz, después de Villa Lola); y propietario de la farmacia más completa, céntrica (en las esquinas de la calle Miranda y Bolívar) y afamada de la Upata de aquella época. Conocí también a su madre Fidelina “Mima” Davalillo (QEPD) y a su padre, Marceliano Díaz (QEPD); y a sus hermanos Nelson, Arnol, Haydee y Ramiro, todos hoy día lamentablemente fallecidos.

Roger Díaz fue un hombre recio, culto, honesto, trabajador insigne y un buen padre: proveedor y amigo de sus hijos. Ya entrado en años, cultivé con él una respetuosa amistad que le profesé en silencio, con devoción y admiración; así como con otros tantos padres de quienes fueron -y son- mis primeros y más caros amigos de aquel terruño añorado.

Entre tanto, la señora Morella, esposa de don Roger, una nieta de corsos, catira, con unos deslumbrantes ojos claros y de voz sutil, es la honorable matrona bajo cuya orientación y cuidado surgió aquella distinguida familia de estirpe guayanesa: upatense para más señas; producto del encuentro amoroso del churuguarense y la guasipatense.

Morella siempre fue una diestra pintora, una fina poetiza y una tímida cantante, que nació concluyendo la década de 1930, hija de don José Alfredo y doña Carmen Luisa, y cuyos estudios de primaria inició en Guasipati y luego concluyó en Ciudad Bolívar. La “mereyera” (a los nativos de Guasipati los llaman “mereyeros”, en alusión a la planta de Merey y los mereyales de aquella zona), contrajo nupcias con Roger cuando contaba con 17 años, a quien había conocido en las llanuras del río Yuruari, pues el falconiano andaba en la empresa de montar una “botica” en Guasipati.

Refieren quienes la conocieron desde entonces, que Morella mostró, desde sus primeros años, una férrea inclinación artística, destacándose en la escuela como excelente estudiante, siendo siempre seleccionada para participar en actos culturales. A los 10 años, Morella ya daba muestras palpables de que sería una gran diestra con el caballete, la paleta, el pincel y el óleo.

Recuerdo que Morella ganó varios premios como escritora de poesía; que trabajó enseñando lo que más sabe hacer: pintar, en la otrora Fundación del Niño; pero sobretodo, recuerdo de ella su don de gente buena, sus excelentes cualidades de madre, su conversión al cristianismo y su pequeña estatura, poca para tan gran ser humano, poca para tan grande mujer.

Lógicamente, Roger no fue perfecto; Morella tampoco lo es; así como ninguno de nosotros lo somos. Pero estas letras no dirán ni un ápice de sus defectos, porque nunca me importaron, porque no los recuerdo y porque no soy quien para juzgarlos.

Y como “La poesía sí paga” (Gerardo Ortega, escritor y poeta mexicano), vaya a doña Morella -madre generacional mía-, como una sentida reverencia de este aprendiz de escritor, una prosa del poema “Las uvas del tiempo”, del magnánimo Andrés Eloy Blanco:

“Tú eres mi madre, que me dices siempre
que son hermosos todos mis poemas;
para ti, soy grande; cuando dices mis versos,
yo no sé si los dices o los rezas…
¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo
toda una vida absurda, la promesa
de vernos otra vez se va alargando,
y el momento de irnos está cerca,
y no pensamos que se pierde todo!    

Raimond M. Gutiérrez M.

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