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«Coño, Eladio ¿a quién le vas a contar tú ese cuento?»: Andrés Eloy Blanco habla sobre el fatídico 4-F

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El 4 de febrero de 1992 al entonces ministro de Información, Andrés Eloy Blanco, le tocó una jornada agitada y en primera línea: vio sangre, balazos y posibles conspiradores que luego se hicieron los locos. De eso y más -sí, de RCTV y de Ochoa Antich- habla en esta entrevista a 31 años del intento de golpe de Estado

Tony Frangie Mawad/El Estímulo

En noviembre de 1979, cuando el Congreso venezolano se enfrentó al presidente Carlos Andrés Pérez por la compra irregular del buque Sierra Nevada, Andrés Eloy Blanco hijo –en aquel entonces diputado adeco por Sucre, el estado del que provenía su padre poeta– formaba parte de la Comisión de Ética que votó a favor de aplicarle la responsabilidad administrativa y moral al mandatario.

-De ahí en adelante, la posición de Carlos Andrés con respecto a la Comisión de Ética fue odio, dice Blanco. Sin embargo, el futuro los sorprendería en el mismo bando.

“Yo no podía votar de otra manera”, le dijo Blanco a CAP en un desayuno posterior organizado por el gobernador Virgilio Ávila Vivas en la sede del partido: las entrevistas a todo el gabinete de ministros habían embarrado cualquier posibilidad de evadir una acusación. El Congreso estableció la responsabilidad política a Pérez, pero lo absolvió de la moral y la administrativa.

Pérez no fue rencoroso. Pocos años después, Miguel Henrique Otero –director de El Nacional– fundó el Grupo Macondo: una tropa de políticos e intelectuales, de diferentes facciones, que se reunían a conversar y discutir sobre el país en la quinta Macondo de Otero, en Los Chorros. Entre ellos figuraban talentos emergentes como Moisés Naím, Carlos Blanco, Gustavo Tarre Briceño, Andrés Eloy Blanco hijo y dos o tres más de distintas corrientes. A veces, invitaban a figuras de la vieja guardia: el ministro Carmelo Lauría, por ejemplo. O, en una ocasión, el expresidente Pérez.

Andrés Eloy pensó en no ir, pero al final lo hizo y se sintió complacido: Pérez no fue hostil. Naím le preguntó al expresidente si se lanzaría de nuevo como candidato. “Mis queridos amigos jóvenes, no sé”, respondió: “Eso no lo decido yo, lo decide el pueblo”. Pero luego agregó: “Ustedes son mis ministros”. Con mala intención, dice Blanco, Otero afirmó: “El único aquí que puede ser ministro de usted, si lo perdona, es Andrés Eloy”.

-Seguramente me sentiré muy contento de tener a Andrés Eloy de ministro mío, le respondió.

La promesa –que entonces pareció una broma- se hizo realidad. A mediados de 1991, Andrés Eloy Blanco se estaba bañando cuando su esposa le notificó que una niña pequeña lo buscaba en la puerta, porque el teléfono de su casa no servía. “¿Usted es el señor Andrés Eloy?”, le preguntó la niña. “Sí, soy yo”, respondió. “Yo vivo en la quinta Zaperoco, aquí en Santa Marta”, le dijo ella: “Lo están llamando allá abajo, en aquel camión”.

Andrés Eloy encontró un vehículo de CANTV, con los empleados manejando un sinfín de cables. “¡Ministro!”, le gritó uno de los empleados, para sorpresa de Blanco, y le entregó un enorme teléfono. “¿Aló?”, dijo una voz del otro lado: “¿Cómo está, mi amigo?”

“¡Presidente!”, dijo Blanco al reconocer la voz de Pérez. “Yo quisiera hablar con usted”, le dijo Pérez, que –en efecto– había designado a Blanco y a Naím como ministros, “¿Puede venir esta tarde a las seis de la tarde?”

-He decidido nombrarlo ministro de Información”, le dijo CAP.

-¡Pero yo no soy periodista, presidente!.

-Yo no quiero un periodista, yo quiero un político”, respondió Pérez.

Ya con eso me envolvió”, cuenta Blanco.

La calma antes de la tormenta

Andrés Eloy Blanco –ahora trabajando en una oficina en el edificio Tacagua en Parque Central– fue adaptándose a su nuevo rol de ministro de Información: viajó a Centroamérica, viajó a Cuba (donde la esposa de un líder revolucionario le advirtió sobre los intereses del castrismo en el país) y planeó una conferencia de la Asociación de Sistemas de Información Nacional que se celebraría en Venezuela a principios de 1992. Pero los planes fueron abruptamente interrumpidos en la madrugada del 4 de febrero de ese año.

El 3 de febrero Carlos Andrés Pérez partió de Davos, Suiza, donde había estado en una reunión del G-77: un grupo de países del Tercer Mundo. El presidente tenía previsto llegar a Venezuela a las tres o cuatro de la tarde pero una parada inesperada en Nueva York –donde la ministra de la secretaria Beatriz Rangel Mantilla había organizado una charla– atrasó la agenda, explica Blanco. Pérez llegaría alrededor de las nueve.

“Yo estaba pendiente en Miraflores con mi amigo Pedro Mogna, ministro encargado de la secretaría”, explica Blanco. “El presidente va a llegar como a las 9”, le dijo el coronel Romel Fuenmayor, edecán de Pérez y “el verdadero héroe del 4 de febrero” según Blanco. “¿Todo bien?”, preguntó Blanco. “No lo sé”, respondió Fuenmayor: “Han pasado ciertas cosas, ministro Blanco”.

¿Qué cosas? Blanco explica que a las 4 de la tarde, la hora originalmente prevista para la llegada de CAP, un incendio sorpresivo inhabilitó uno de los túneles que conecta a La Guaira con Caracas. La respuesta de la Guardia Nacional, además, fue tardía. Alrededor de la misma hora, unos oficiales habían visto una “presencia inusitada de paracaidistas en el aeropuerto de Maiquetía”, dice Blanco. La idea, explica, era interceptar al presidente apenas bajase en la Rampa 4.

Después, se informó que Pérez llegaría a las 7 u 8 e iría a ver a su hija que se encontraba sumamente enferma. Mientras limpiaban el túnel y habilitaban los canales, acabando el plan original, un grupo de solados bajaron de un camión de tropa en el Parque del Este y empezaron a hacer ejercicios allí, cerca de un bache en la autopista. “Ahí estaban las armas para eventualmente atacar al presidente cuando llegara a La Casona”, explica Blanco.

Se anunció otra demora del presidente. El blanco planeta adeco se mantenía inmutado, desconociendo el meteoro rojo que se estrellaría esa noche. Por un lado, una fiesta en la Embajada de México. Por otro, la celebración del secretario del partido de Caracas en una agencia de festejos en el CCCT. “Ahí había un bojote de adecos echándose palos”, dice Blanco: “A mi me invitaron, pero decidí no ir”. De hecho, cuando supieron de la demora, Blanco se fue a su casa y Mogna a la fiesta.

A las once y media de la noche sonó el teléfono interministerial en casa del ministro Blanco. Lucy, su esposa, atendió. Era el primo de Lucy, Johnny, que vivía en Chuao y tenía vista al aeropuerto de La Carlota. “Lucy, ¿qué sabrá Andrés? ¿Qué estarán celebrando?”, le dijo: “Porque aquí se oyen explosiones, fuegos artificiales, cohetones”. Andrés Eloy Blanco quedó intrigado. Diez minutos después volvió a sonar el teléfono.

Lucy atendió. “Es de parte del presidente”, le dijo. Andrés Eloy se levantó y se puso firme. Una voz de Casa Militar le dijo: “Ministro Blanco, el presidente va a hablar con usted”. Entonces, apareció la voz de Pérez.

-Ministro, prepárame una cadena y vengase para acá.

-¿A esta hora?, le dijo, confundido.

-Hay un alzamiento en proceso, respondió el presidente. Andrés Eloy se erizó.

Amaneció de golpe

Blanco llamó al Ministro de Comunicaciones. “Andrés, estás equivocado”, le respondió: “La cadena es mañana”.

“No, la cadena es ya”, le dijo: “Hay un alzamiento”.

“¿Qué hago con mi familia?”, respondió el ministro asustado. “Lo mismo que yo. No tengo idea”, le contestó Blanco: “Mándalos a una casa lejana donde no los identifiquen”.

Blanco llamó a Álvaro Vilachá, presidente de Venezolana de Televisión: “Álvaro, el presidente me está pidiendo una cadena”.

“Andrés, no puedo hablar”, respondió Vilacha: “Soy rehén”. En ese momento, llegó el auto de Blanco con su chofer, García. “Gracias a Dios era él”, dice Blanco: “El único armado, el único joven”.

“Olvídese de La Casona”, le dijo García, “Eso es plomo cerrado y grueso”. Andrés Eloy recordó la frase de Betancourt: “El poder está en Miraflores”. Y partieron al Palacio.

Caracas parecía no darse por enterada de lo que estaba ocurriendo. “Nada, ningún sonido”, recuerda Blanco: “El tráfico de la autopista más o menos normal para las 12 de la noche”. Pero al pasar los túneles bajo El Silencio, encontraron una escena de guerra: sonidos de disparos y resplandores. Frente a ellos había tres tanquetas abriendo fuego contra Miraflores. Las balas pasaban sobre el carro.

“Me jodí”, pensó Blanco. García dobló y pararon en la puerta del Palacio. Blanco volteó: había un soldado tirado en la acera, apuntándoles. “Un jovencito todo embadurnado” que decía ‘¡Retroceda, retroceda! ¡Eche pa’ tras!’. No nos quería disparar”, cuenta Blanco: “Estaba asustadísimo”.

De pronto, hacia ellos se aproximaba una tanqueta que trataba de entrar al Palacio. El tanque disparó, voló la acera y destruyó un Volkswagen. ¿El objeto bloqueando la entrada del tanque a Miraflores? El carro de Andrés Eloy. “Papá Dios, mi papá, mi mamá bajaron del Cielo”, dice Blanco: “El único carro que no fue abaleado en la zona fue el mío”. García reaccionó, metió retroceso y la tanqueta pasó. Todos la hemos visto: la foto de la tanqueta en las escaleras de Miraflores.

En El Silencio observaron otra tanqueta que iba lentamente para entrar a Miraflores por el Liceo Fermín Toro. García pensó en pasarle por delante, pero Andrés Eloy evitó que lo hiciera. “Ni se te ocurra”, le dijo: “Es muy alta y mi carro tiene placa oficial. Tú la pasas y pueden intentar hacer puntería con nosotros. Quédate detrás”.

La tanqueta dio la vuelta, buscando trancar la posibilidad de que el presidente saliera por los estacionamientos de Miraflores. Blanco pudo llegar a su oficina en Parque Central y una vez ahí llamó al ministro de Defensa Fernando Ochoa Antich: “Ministro Blanco, vengase para acá, a Fuerte Tiuna”, le dijo el militar.

Blanco desestimó la invitación y logró comunicarse con Pedro Mogna, quien partió a la oficina de Blanco. En Parque Central vivía Julio Cesar Pineda, un periodista y exdiputado copeyano. “El oyó el bochinche, subió a mi oficina y le dije: hay un alzamiento”, dice Blanco: “Se quedó conmigo”.

Llegó también su consultor jurídico, Andrés Marotti, con un revolver de gran tamaño. Blanco llamó a un general de apellido Caballero: “Usted tiene que subir a Los Mecedores de Catia, donde están las torres de transmisión de todos los canales de Caracas”, le dijo: “Va a evitar que esas antenas caigan en manos de los conspiradores y si no puede, túmbelas”.

Andrés Eloy pensó: “Le voy a hacer un favor al país: le voy a ahorrar seis meses de incultura con las novelas”. A la media hora, el oficial le notificó que habían logrado el control de las antenas.

“Todas las radios se unieron y formaron cadena”, cuenta: “Las televisoras todas menos RCTV… y demoraba y demoraba y demoraba…”. Venezolana de Televisión estaba neutralizada, pero Blanco logró comunicarse con Vilachá de nuevo: “Quieren que meta una cinta”, le dijo. “Era el famoso mensaje que iba a dar Chávez, que no lo logró, no tuvo acceso”, explica Blanco. En eso estaban cuando Vilachá notó que los conspiradores ahora cambiaban sus ropas y parecían abandonar el estudio.

Blanco se comunicó con el coronel Fuenmayor, el edecán de CAP, que estaba en Miraflores. “Creo que es bueno que se venga para acá, hay una especie de tatequieto”, le dijo el coronel. Pero, desde la altura de Parque Central, Blanco notó tanques por la Avenida Bolívar. “Si siguen por la Bolívar y van hacia Plaza Miranda, son de los nuestros”, dijo, “Si cogen Rampa de Camejo, nos jodimos”. Fuenmayor insistió: “Véngase para acá. Necesitamos un civil en Miraflores, aquí no hay nadie”.

Los tanques se dirigieron a Plaza Miranda. Blanco se armó de valor y partió con Pineda, Mogna y Marotti. Al llegar a Miraflores, por el Fermín Toro vieron de nuevo la tanqueta a la que habían seguido en El Silencio, pero detenida. “El capitán estaba desparramado sobre la tanqueta en un sangrero espantoso”, cuenta.

Pérez, dice Andrés Eloy, había salido en uno de los carros oficiales disimulados con destino a Venevisión porque RCTV no había dado respuesta a la cadena. Pero su carro fue detenido por el soldado del tanque, apuntándolos.

“Identifíquese”, le dijo el soldado a la persona que iba en el asiento delantero. “Estamos saliendo de este tiroteo, somos trabajadores”, le respondió. “Bájese e identifíquese”, ordenó el soldado.

El hombre le metió un tiro al soldado de la tanqueta. Y huyeron.

Soldados leales a CAP y algunos periodistas en el Palacio de Miraflores, el 4 de febrero de 1992 (JOSE COHEN / AFP)

Al llegar a Miraflores, Blanco y sus compañeros encontraron a un grupo de jóvenes soldados con las manos alzadas y rendidos. Se dirigió a la oficina del presidente. “Tuvieron que poner unos cables para que yo pasara porque todo era un sangrero enorme”, dice. El retrato de Páez estaba abaleado. Al entrar a la oficina, se encontró a Luis Alfaro Ucero.

-¿Cuándo entró usted aquí?, le preguntó.

-Yo no entré, le dijo Alfaro Ucero, malhumorado: No me pude ir.

Blanco subió al área de la habitación del presidente: paredes con agujeros de balazos y vidrios blindados -que había ordenado poner Diego Arria- con las balas incrustadas. A Andrés Eloy le tocó ser una especie de maestro de ceremonia con todos los civiles que llegaban: el líder copeyano Eduardo Fernández, el senador adeco Humberto Celli Gerbasi, etcétera… Entonces, llegó el presidente, pidiendo explicaciones por la cadena.

“Se dio la cadena en radio, se dio la cadena en todas las televisoras… salvo en Radio Caracas Televisión”, le dijo.

Blanco hasta el día de hoy desconfía de la gerencia del canal: “Eladio Lares y el presidente del canal, Marcel Granier, a las 2 de la mañana me pidieron que fuera a Radio Caracas. Allá me reciben los dos y me dan una serie de explicaciones incomprensibles sobre por qué no se unieron a la cadena. ‘Tuvimos esto y lo otro y tratamos de hacerlo’. Y me pasaron unas tomas de los soldados que atacaron Miraflores metidos en las alcantarillas de la avenida Urdaneta. Metidos ahí, fumando, uno hablando con otro: un gocho. En eso tiran una señal y empiezan a correr hacia allá”. Blanco les preguntó “¿Quién puede filmar eso?” y los directores respondieron: “Eso fue filmado por un gringo que vino, que le dijeron que había un operativo antidrogas”

“Le dije: coño, Eladio ¿a quién le vas a contar tú ese cuento? Yo quiero que esto lo vea el presidente”. Los dos directores le aseguraron que se lo llevarían, pero jamás le llevaron esas tomas. Solo aquellas que se vieron en las noticias, dice Blanco.

El golpe no derrocó al gobierno de Pérez. Pero sí acabó con el ministerio de Blanco. Y la primera alocución de Hugo Chávez –uno de los líderes de la intentona- tuvo mucho que ver con eso.

Chávez fue traslado a Fuerte Tiuna por ordenes del ministro de Defensa poco después de rendirse en el Museo Militar, donde se había refugiado. “Mi gente [del Ministerio de Información] que estaba en el Museo Militar para tomarle la declaración de rendición tiene que correr a fuerte Tiuna y no los dejaron entrar”, dice Blanco. Cuando llamó, le informaron que funcionarios de la Organización Central de Información ya estaban entrando. En realidad, dice, estaba ya instalado el equipo de RCTV: “Primero lo bañaron, lo vistieron, lo arreglaron”, dice de Chávez en Fuerte Tiuna: “Quedó como una lechugita con su cachuchita de medio lado”.

“Por ahora”, soltó Chávez ante los micrófonos de los canales privados: “los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital”.

El destino del país estaba sellado. “Me cayó todo el mundo encima”, dice Blanco, “El presidente me llamó, no me regañó. Le dije: Radio Caracas ya estaba allí, pero no es culpa de ellos. Su ministro de Defensa, el general Ochoa Antich, no dejó entrar a mi gente”.

Andrés Eloy sospechó del comportamiento de Ochoa Antich: ¿Simpatías entre militares? ¿Un intento de suavizar una insurrección bajo su guardia?. Un mes antes, dice, la esposa del ministro de Defensa –en una fiesta en La Casona– le había dicho a Lucy, esposa de Andrés Eloy: “Que Dios nos proteja y nos ampare de lo que pueda pasar en este país”. Los Blanco, en el insospechado planeta adeco, se desconcertaron con la frase de la esposa de Ochoa Antich. “Eso me quedó en la mente”, dice. Además, se pregunta, ¿por qué al recibir a Pérez en el hangar presidencial, el ministro Ochoa Antich le había dicho que venía de Maracaibo y estaba allí por “un runrún”?

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“¿Un runrún?”, dice Blanco: “Ya estaban poniendo preso al gobernador de Zulia, a Oswaldo Álvarez Paz”.

Para Blanco, la pieza que había descolocado cualquier plan en la rampa fue que “les falló la aviación, porque era muy tarde”. Según el exministro, un coronel de apellido Garnica y un capitán de apellido Guerrero Méndez le avisaron a la medianoche del 4 de febrero que algunas tanquetas en Caracas llevaban emblemas en sus torretas para ser identificados como “amigos” por los aviones. El 27 de noviembre de ese año, de hecho, la aviación lideró una segunda intentona golpista.

(Foto: Daniel Hernández)

La suerte no estaba con Blanco aquella mañana. Cuando el país despertaba para encontrar a Miraflores y la Casona abaleadas, la directiva del Congreso acordó que no se le daría la palabra a nadie en televisión. Hablaría el Ministro del Interior, Virgilio Ávila Vivas, para suspender las garantías constitucionales. Entonces, Ávila desapareció. “Alguien tiene que hacerlo”, le dijo el presidente Pérez: “Hágalo usted”. Y Andrés Eloy Blanco suspendió las garantías.

“La libertad de expresión del pensamiento queda suspendida, la libertad de huelga queda suspendida, la libertad de manifestación pública queda suspendida”, anunció Blanco en televisión. Para un ministro de información, aquello era un suicidio.

“La estocada fue con los medios de comunicación”, explica: “Me tacharon. Empezando por el diario El Nacional, de mi primo Miguel Henrique Otero. Granier me dijo: usted se ha portado muy bien ministro, pero lo van a crucificar”.

En abril, Blanco –hijo de uno de los fundadores de Acción Democrática– presentó la renuncia al último gobierno adeco. Un año después, Pérez fue destituido por la Corte Suprema. Luego, de la mano del líder de la intentona golpista, vendría el alba de la Venezuela roja. Y aquí seguimos…

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