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Por Olgalinda Pimentel @olgalindap

El periodista y escritor venezolano explica en su libro La Nación Incivil, de Editorial Dahbar, porqué el 27-F de 1989 “fue el primer pistoletazo” que desató la crisis política, cuyas consecuencias, a más de 30 años, no han sido encaradas. Espera que con este aporte las nuevas generaciones se sientan obligadas a conocerla para “salir de la oscuridad”. “Venezuela tendrá que producir su milagro, y eso llevará tiempo”.

Caracas. A los 18 años de edad, para Alonso Moleiro era inconcebible vivir un estallido social como el llamado Caracazo en Venezuela, un país en relativa calma, sumergido en el éxtasis de una reciente elección presidencial. Pero el 27 de febrero de 1989, seis meses después, terminó el tiempo de paz. Para este joven bachiller, hijo del dirigente de izquierda, Moisés Moleiro, y para la nación entera.

El Caracazo dejó 267 muertos, de acuerdo con la versión oficial del recién iniciado gobierno socialdemócrata de Carlos Andrés Pérez —más de 5000, según la versión extraoficial— y sus perniciosos efectos sobre el país. Y fue un hecho violento sin precedentes en esa época, ocurrido en democracia por las fuerzas de seguridad.

De esta tragedia que se extendió casi una semana, Moleiro recuerda dos hechos que impulsaron años más tarde su interés por interpretar y escribir este episodio poco escarbado de la historia política contemporánea: el primero, de lo único que se hablaba después del Caracazo era de cuándo iba a venir el otro, no de qué fue lo que pasóqué lo ocasionó ni cuántos muertos hubo. Y el otro, el desinterés de la oposición por enfrentarlo y la narrativa del chavismo por aprovecharlo.

Cuándo se fue la paz

El Caracazo fue el prefacio, el camino del chavismo al poder y es el primer pistoletazo de la nación incivil. Y el golpe de Chávez fue la concreción política”, afirma Moleiro, al referirse a la conclusión de la investigación que le llevó más de tres años.

En ese tiempo hurgó en personajes, libros y en el archivo del diario El Nacional, para armar los hechos y plasmarlos en La Nación Incivil, su segundo libro, publicado por Editorial Dahbar. Su propósito es ofrecer lo que a otros análisis les faltó, dice: evaluar el impacto del 27-F en la marcha del país, más allá de la efeméride.

Como en su primer libro, Conversaciones con Teodoro Petkoff (1932-2018), Moleiro muestra el talento, la acuciosidad, y la trajinada agudeza periodística para examinar e interpretar acontecimientos políticos clave, en 260 páginas. Lo destaca el prólogo del escritor Alberto Barrera Tyszka.

Con este aporte para la historia nacional, que lo ha llevado a foros nacionales e internacionales, procura determinar “en qué momento los problemas de Venezuela, que parecían manejables, comenzaron a agravarse tanto como para alimentar el huracán de la tragedia histórica actual. ¿Cuándo fue que la paz, la confianza, la tranquilidad, la estabilidad, el bienestar se acabaron como una sensación nacional?”, expresa en el libro que registra la crisis política entre 1989 y 1992.

El Caracazo fuera de la efeméride

¿Por qué un libro sobre el Caracazo en tiempos en que a la sociedad pareciera no interesarle?

—El Caracazo le cambió el rostro a la cotidianidad venezolana y abrió las compuertas a la crisis política que nos salió muy cara. Yo busqué cómo darle la vuelta a cuándo fue que se jodió Venezuela, que perdió el rumbo, en momentos en que las cosas parecían manejables. Escuchando mucho al chavismo interpretar la narrativa sobre estos hechos e identificar al 27-F como una fecha iniciática, mientras la oposición no tenía ninguna, aunque ahora digan que fueron provocados, esto fue el comienzo de la conflictividad en el país. Entendí que había una buena investigación y decidí hacer una especie de ensayo pero que fuera un reportaje. La contextualización fue un baño de realidad impresionante.

¿Cómo surge el título del libro?

—Yo pensé en la República civil, el pacto de Punto Fijo mediante el cual se logró que los militares se subordinaran al voto popular y estuviesen en sus cuarteles haciendo su trabajo. Esa República es la de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, en esa secuencia, y que luego la propaganda chavista ridiculizó mucho. Entonces, y lo digo en el libro, es que el chavismo rompió la República civil, pero no construyó necesariamente una militar, sino una nación incivil. Si esta fuese una nación militarizada esta fuese una dictadura como la de Jorge Videla, en Argentina, y no es eso. Es un modelo hegemónico blando, sin duda dictadura, pero un modelo blando de dominación, donde se fomentan los instintos más elementales de la población, se busca el conflicto de clases, se promueve la agresión, el desorden, la ausencia de un marco legal. Y, además, se desprecia el conocimiento profesional, entre otras cosas. El chavismo es una expresión natural de nuestro subdesarrollo cultural como país, basta escucharlos. Atraso civil, falta de ilustración.

Del Caracazo a la nación incivil

¿En qué momento la nación se convierte en incivil?

—El 27-F fue el día en el cual fracasó la democracia. El Caracazo fue el camino del chavismo al poder y el golpe de Chávez fue la concreción política.

Que una persona haya sido capaz de darle un golpe a un gobierno electo, detienen el golpe, y luego le levantan el castigo y le dejan ser candidato, eso consolidó el chavismo y el subdesarrollo. Y se acabaron el protocolo, el diálogo de la oposición con las FAN, se acabaron las comisiones mixtas, el decoro en el lenguaje público. Todo eso cambió con la rodilla en tierra, el lenguaje artillado, el aumento de la violencia, de la delincuencia.

Es verdad que Venezuela siempre ha sido un país con mucho que aprender, incluso aquella democracia tenía muchas cosas que aprender. Pero hubo aprendizajes y tolerancia con cordialidad. Con el chavismo llegó la idea de la venganza, del saqueo, que se burla mucho de lo que es un pacto de gobierno.

¿Por qué cree que la dirigencia opositora se negó a analizar el 27-F?

—Creo que hubo negligencia, un interés en dejar eso así y no ir hacia la comprensión. Pérez, en sus Memorias Proscritas que escribió Roberto Giusti, reconoce que debieron investigar el tema y no lo hicieron. Todo el aparato político le dio la espalda al problema, después del Caracazo aparecieron familiares de las víctimas y desaparecidos, pero el país no les hizo caso y la muestra es que hubo festivales de teatro. Creo que el país en general quería dejar atrás el Caracazo, lo fue dejando atrás, tratando de acabar con los fantasmas, hasta que Chávez llegó y al salir de la cárcel empezó a restregarle el Caracazo a la gente. Y una vez en el gobierno lo convirtió en una tesis política, en una posibilidad permanente. Pero Venezuela quería olvidar eso.

Los jóvenes deben saber que hubo democracia

¿Espera que el libro sea un aporte para las nuevas generaciones que desconocen el Caracazo?

—Las nuevas generaciones nacieron casi todas con el chavismo o estaban muy jóvenes, y deben saber que en Venezuela hubo una democracia bastante imperfecta, pero había derechos consolidados para todos, deben saber en qué consistió la crisis del 1989-1992, el asedio a CAP, los excesos de la oposición, los excesos de la televisión venezolana y de los medios, y no es que tenga un ánimo cuestionador ni contralor, pero le dieron tan duro que se nos cayó el edificio entero. Y eso las nuevas generaciones tienen que verlo. Varios dirigentes populares, en un acto de Mi Convive, me dijeron algo que yo quería escuchar: este libro del Caracazo me abrió los ojos, no sabía lo que había implicado.

¿Hacia dónde deben mirar para conocer los hechos?

—Están obligados a conocer bien a Carlos Andrés Pérez, a José Vicente Rangel, a Arturo Uslar que son personajes fundamentales de nuestra historia, algunos de quienes tuvieron sus méritos, independientemente de sus responsabilidades.

Deben conocer que Venezuela tuvo un pasado mucho mejor que este, y fue una nación muy próspera durante muchos años, pasó 50 años siendo una nación boyante, estable, con buenos recursos, buenos sueldos, poca población, cordialidad criolla paradigmática, y que este país cambió. ¿Por qué cambió? Porque  la democracia empezó a fracasar.

El fin del pacto cívico

¿Qué ocasionó ese fracaso y luego el Caracazo, si el país parecía tener estabilidad?

—El Caracazo fue una especie de mácula y luego con el chavismo entramos a la zona de la confrontación, al fin del pacto cívico. Y es que el modelo de desarrollo estatista fue entrando en crisis, la corrupción comenzó a agravarse con el monto de los ingresos petroleros, la dirigencia que dejaron los fundadores de la democracia quizá no estuvo a la altura, y empezó a fomentarse una actitud tolerante con la corrupción, dispendiosa y medio sinvergüenza.

Creo que al país se le subió a la cabeza el tema del ingreso petrolero y cuando había que tomar decisiones, Pérez las tomó adecuadamente, pero no lo hizo bien, se saltó algunos elementos políticos importantes, y aquel país que pareció que había aprendido a convivir en algún momento, que parecía tolerante y respetuoso después de la guerrilla, empezó a descoserse. Apareció una oposición enloquecida, el canibalismo político. Eso está argumentado por Arturo Uslar Pietri, quien siempre sostuvo que el Pacto de Punto Fijo fue un pacto de cuotas y de arreglos, y que no logró verdadera oposición en Venezuela. Pero con ese cuestionamiento, y creo que fue un error interpretativo de Uslar, arrancó el debate irracional, y eso le abrió las compuertas al chavismo que es un movimiento que reniega del acuerdo político.

No hubo planificación

¿El Caracazo fue provocada o espontánea?

—El Caracazo tuvo mucho de espontáneo, fue un hecho que se le escapó de las manos al país político, democrático, y lo sorprendió. Nadie podía prever una situación así dos años antes. Algunos sociólogos lo pensaron e inclusive Margarita López-Maya me dijo que en el CEN se había hablado de eso. Pero no fue planificado. Ni los partidos, ni Fedecámaras, ni los clubes, ni los bancos, ni las grandes empresas fueron objetivo de la ira popular del Caracazo. Pagaron los platos rotos los pequeños comerciantes y alguno que otro grande, como la proveeduría OCP. El Caracazo fue un hecho de mala fortuna y sobre eso se montaron. Lo dejo establecido en el libro. Ciertamente, había un rebote guerrillero, subversivo, un planteamiento en la PM, una huelga que impidió la represión y dejó que tomaran cuerpo las protestas, eso pasó.

¿Qué nos dejó el Caracazo aunque no fue investigado?

—El movimiento de derechos humanos que tenemos en Venezuela germinó luego del Caracazo, aunque a Cofavic la han amenazado por sus denuncias. Los derechos humanos como criterio en política se hicieron evidentes, y una sensibilidad superior en la población se hizo presente después del Caracazo.

Venezuela tendrá que hacer un milagro

¿Cómo aproximarse a estos hechos para que eso no se repita?

—Eso es la apuesta que uno se hace. En ese momento la política venezolana tenía elementos pintorescos, como Luis Alfaro Ucero (presidente de AD). Luego, la regresión cultural con el chavismo. Pero los fracasos sistémicos siempre tienen varias causas, y una de las más importantes es la ceguera de la clase política. El aburguesamiento de AD, la proliferación de la corrupción, el CEN de AD tiene una tremenda responsabilidad. Si hubiese sido el partido de los años 50 o 60 a lo mejor nada le hubiese pasado.

¿Es posible una nueva nación civil en Venezuela?

—El reto que tienen las nuevas generaciones es muy grande y complejo, romper esa soldadura de la unión político-militar hace que ese sea un tema que va a costar un tiempo. Yo creo que el ideal de la democracia, de la regeneración del país, está viva. Estamos en un momento de reflujo popular, de repliegue, pero no tengo la menor duda de que vendrán nuevas situaciones en Venezuela con nuevos protagonistas. Para llegar a esa futura democracia, como en Perú y en Colombia, Venezuela tendrá que producir un milagro propio. La sociedad además tendrá que ver cómo sale definitivamente de la oscuridad para restaurar el país. En el camino, Venezuela tendrá problemas, pero todavía hay un músculo técnico y recurso humano que da para mucho más para apartar la hegemonía. Eso llevará tiempo.

Foto: Cortesía Guillermo Suárez

Crónica Uno

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