Publicidad

La Selva del Darién es una barrera natural que separa Centro de Sudamérica y se encuentra en la frontera entre Colombia y Panamá, tiene una extensión de más de 500 mil Kilómetros y es considerada una de las selvas más peligrosas del planeta, a las limitantes naturales de toda zona inhóspita se le suma varios ríos crecidos, serpientes venenosas, felinos de gran tamaño, tribus indígenas en el trayecto y grupos criminales que asaltan, violan y matan en su recorrido. La mayoría parte de Necocli un Municipio de Antioquia en Colombia, donde se paga una lancha para cruzar el Golfo de Uraba para llegar a Capurgana para adentrarse de seis a ocho días en el selva. Sólo este año más de 100 compatriotas han sido reportados como desaparecidos por familiares y amigos, al no haber llegado al refugio de las Naciones Unidas en San Vicente. Ya los venezolanos hemos superado a los cubanos, colombianos y haitianos como la nacionalidad más numerosa en pasar por esta peligrosa travesía, que a decir de las autoridades Panameñas ya superan las 30 mil personas sólo en lo que va del presente año. Para los que pensamos siempre en términos futbolísticos, podríamos decir que es el Estadio Cachamay a tres cuartos de su capacidad máxima, esto sin contar con la cantidad de personas que cruzaron los años anteriores. Lo más lamentable es que la mayoría de las personas que emprende esta aventura es la de más bajos recursos y por ende la más desesperada, no les importa cargar con niños de meses, madres embarazadas, ancianos enfermos y con sólo una mochila con lo más esencial para tratar de llegar a cumplir el verdadero sueño americano y pisar suelo gringo. Digo el verdadero sueño, porque durante un tiempo vivimos una ilusión de pensar que como los Prisioneros podríamos respirar adentro y hondo, alegrías del corazón si tomábamos ese tren al Sur, para caer en cuenta que la maldición de la izquierda nos perseguiría con mayor fiereza donde quiera que vayamos, en las tierras de las ilusiones perpetuas y las promesas incumplidas, Chile, Perú, Argentina, Bolivia, Colombia, próximamente Brasil y quien sabe cual más vuelven a caer al embrujo que ya vivimos y se transformo par nosotros en nuestra película de terror, nos dimos cuenta que esos países hermanos no eran la tierra prometida y que salvo algunas sustituciones padecen de nuestros mismos males y cuesta tanto o más ganarse el sustento, en definitiva pareciera que todos nos juntamos en el Titanic y por más que nos cambiemos de camarote el destino será el mismo. Por nuestra ´parte el gobierno desdeña y hasta se burla de la tragedia de los venezolanos que mueren cruzando la selva, bajo la misma filosofía de nuestras madres cuando llegábamos a la casa con una uña del pie volada o un chichón en la cabeza de jugar en calle, que nos decía que Nadie nos mandó a la calle, así mismo los jerarcas del gobierno se escudan afirmando que nadie los mandó a cruzar ese infierno, que Venezuela se está arreglando, lo que no dicen que es sólo para ellos y que los muertos que tu lloras gozan de muy buena salud. En tanto siguen quedando regados cadáveres de compatriotas en el medio de la selva, enterrados por la misma caravana en que viajaban en cualquier descampado, como decía Rubén Blades con una cruz de palo y nada más, o abandonados moribundos en cualquier recodo del camino, cuerpos arrastrados por las aguas turbulentas o hinchados por el veneno de serpientes, sin siquiera la oportunidad de darle cristiana sepultura, último y postrero homenaje que el pobre se ha ganado con merecimiento por seguir luchando por su felicidad pese a las adversidades, pero estoy seguro que ese ejercito de fantasmas y almas en pena debe perturbar el sueño de sus victimarios, como perpetua condena por destruir un país, un paraíso, su gente junto con sus anhelos, a unos se les muere un sueño, a otros se les despierta y atormenta una pesadilla. Es el orden lógico de las cosas. Seguiremos conversando. Claudiozamora06@gmail.com

Publicidad
Artículo anteriorPresentan en la Convención de Centros de Estudios de la UBV propuesta de transformación sociocultural de El Zanjón
Artículo siguienteLa nueva sociología económica y el capital social | Por José María Rodríguez, Ph.D.