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Parecían inofensivos al principio, pero los filtros de las aplicaciones están cambiando la percepción que tenemos de la belleza, unificándola. Para los más jóvenes, es el camino más cercano a la depresión y otros problemas de salud. Los sicólogos lo advierten: los padres deben involucrarse en esta conversación

Jovan Pulgarín

Parecían divertidos e inofensivos. ¿Qué podría haber de malo en un rostro modificado con orejas y lengua de perrito? Sin embargo, con el tiempo, los filtros disponibles en las aplicaciones se han convertido en un problema del que solo se habla cuando ya son muy evidentes las consecuencias.

En 2018 ya rodaba en la comunidad científica el concepto de ‘dismorfia de Snapchat’. El término fue creado por el el británico Tijon Esho, médico conocido por la medicina estética y los procedimientos no quirúrgicos, para describir el creciente fenómeno de personas que buscan modificaciones para verse como lucen en una foto retocada por los filtros.

Para ese año, un estudio de la Academia Estadounidense de Cirugía facial, plástica y reconstructiva, citado por la BBC, informó que el 55% de los cirujanos plásticos faciales vio en 2017 pacientes que querían operarse para verse mejor en las selfies, en comparación con apenas el 13% en 2013.

El estudio también halló que el 56% de los cirujanos encuestados notó un aumento de los clientes de menos de 30 años.

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En 2019, el Centro Nacional para la Información Biotecnológica publicó un informe en el que se advertía que las consultas para cambios estéticos estaban acompañadas con imágenes específicas que producen los filtros de Instagram y Snapchat. La publicación aglomeraba artículos de diferentes medios periodísticos que confirmaban una tendencia.

«Estas dos aplicaciones brindan filtros que permiten a los usuarios cambiar el tono de su piel, suavizar las líneas finas y las arrugas, alterar el tamaño de sus ojos, labios y mejillas, y cambiar varios aspectos de su apariencia física. La doctora Michelle Yagoda, cirujana plástico, le dijo al Huffington Post que había observado a muchos de sus clientes describiendo los cambios deseados, que correspondían a lo que los filtros en estas dos aplicaciones podían proporcionar», se lee en el informe. Otros cirujanos confirmaron esta propensión.

En un largo reportaje de 2021, titulado «De la ‘cara de Instagram’ a la ‘dismorfia de Snapchat’: cómo los filtros de belleza están cambiando la forma en que nos vemos a nosotros mismos», Renee Engeln, profesora de Psicología en la Universidad Northwestern, explicó a Forbes que «el hombre común está perdiendo la perspectiva de cómo se ve realmente debido a estas dos aplicaciones de redes sociales»

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De acuerdo con la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) y el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), el trastorno dismórfico corporal (TDC) se clasifica dentro del Espectro obsesivo-compulsivo. Aquellos que sufren de TDC están preocupados por al menos un defecto leve o inexistente en la apariencia física. Esto puede llevarlos a pensar en el defecto durante al menos una hora al día, lo que afecta su funcionamiento social, ocupacional y otros niveles. El individuo también debe tener comportamientos repetitivos y compulsivos debido a las preocupaciones que surgen de su apariencia. Esto incluye la verificación del espejo (verse constantemente en los espejos), entre otros.

En la primera temporada de la serie de moda, «Euphoria» (2019), se relata la infancia de Jules Vaughn (Hunter Schafer), quien es  internada a muy temprana edad en un hospital psiquiátrico porque sufrió de depresión y dismorfia corporal. Pero en el cine y la televisión, el tema ha sido representado mucho antes de que se le pusiera nombre al trastorno. El cortometraje de 2010, «Filter«, cuenta desde el punto de vista de la protagonista, que sufre un trastorno dismórfico corporal, cómo entiende su mundo.

Se cree que en Estados Unidos, al menos una de cada cincuenta personas enfrenta este trastorno. No obstante, el tema de los filtros y específicamente el de los rostros es de más reciente data, probablemente porque se trata de «retoques» más sublimes.

«Los selfies y los filtros faciales iluminan los pequeños detalles que normalmente pasarían desapercibidos, como la asimetría», explica Forbes. “La simetría facial es una gran solicitud”, dice la cirujana plástica, Melissa Doft en el reportaje. Con más de 51 millones de visitas en TikTok, el hashtag #SideProfileCheck mostró la obsesión cultural por un rostro simétrico.

En una entrevista con la revista Harper’s Bazaar, la actriz Jameela Jamil («The Good Place») habló sobre las tendencias que unifican el concepto de la belleza. Dijo haber visto «el mismo tipo de cara de muñeca, la nariz diminuta, diminuta, y contorneada, labios enormes, grandes ojos rasgados: belleza eurocéntrica general pero con aspectos de diferentes etnias que consideramos aceptables». La diferencia, en todo caso, se reducía al molde del filtro.

“Estos filtros faciales usan algoritmos para reforzar un cierto estándar de belleza que es muy limitado”, dijo Helene Egger, psiquiatra infantil, a Forbes. Y ya todos reconocemos las características de ese «estándar»: pómulos altos, piel sin poros, ojos de gato y labios carnosos. Afirma la especialista que esta unificación, «no apoya la individualidad, apoya la conformidad con lo que es el estándar de belleza».

Peor aún, muchas personas asumen que esta combinación única de características es siempre posible. “Estos filtros hacen que el trabajo de un cirujano plástico sea mucho más difícil”, dice la doctora Doft. «Es importante no solo mirar fotos modificadas, sino también fotos de antes y después de pacientes reales para comprender completamente lo que la cirugía es capaz de lograr».

La resistencia

Para esta nota, seis jóvenes , de edades comprendidas entre los 15 y los 18 años, conversaron con El Estímulo. Todos aceptaron que la simetría de sus rostros era un tema que les preocupaba. La intensidad de la preocupación variaba según la personalidad y los objetivos. Ninguno creía que se trataba un tema que les afectara en su vida diaria, pero aceptaban que usar los filtros para publicar fotos en las redes sociales, mermaba la ansiedad que les producía subir una imagen al feed.

También aceptaron, de manera unánime, que si pudieran modificar sus rostros para verse como lo refleja una foto retocada por un filtro, lo harían. «Sé que es contradictorio. Queremos aprobación, pero al mismo tiempo nos da ansiedad subir fotos o videos por las respuestas que puedan tener. A veces no sabemos por qué lo hacemos, pero lo hacemos», dice Juan José, un adolescente que está por entrar en la universidad.

María José, de 17 años, cuenta que sube y borra fotos con regularidad. «Al principio me gusta la foto. Luego, durante el día empiezo a dudar y como estoy siempre viendo cosas en mi celular, si veo a alguien (conocida o no) que sube una foto que considero mejor, termino borrando la mía».

¿Hablan de estas cosas con sus padres? Todos respondieron lo mismo, un rotundo «no».

La marca Dove lleva tiempo promoviendo investigaciones para, según explica, ayudar a que las mujeres se sientan bien con sus cuerpos. En una de ellas encontró que mientras que el 82 % de los padres hablan sobre sexo con sus hijos, solo el 30 % de los padres participan en “The Selfie Talk”: una conversación abierta sobre las presiones que derivan del uso de las redes sociales.

“Es por eso que creamos el Kit de confianza: una herramienta gratuita para ayudar a los adultos a navegar las discusiones con sus hijos sobre las redes sociales, el pensamiento crítico y la confianza en la apariencia”, dijo la psicóloga de investigación en salud, Phillippa Diedrichs, a Forbes. 

La psicoanalista venezolana Ruth Hernández Boscán, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, especializada en atender a niños y adolescentes, cuenta a El Estímulo que no ha recibido casos en los que los jóvenes enfrenten un problema específico por los filtros de las redes sociales, pero cree que la ausencia de conversaciones sobre las presiones que podrían sufrir los hijos por el manejo de las redes sociales se debe al desconocimiento de los mayores de estas herramientas.

«Los padres a veces están poco informados o mal informados porque manejan poco esas redes sociales. La mayoría de los padres, o personas entre 40 y 50 años, se van más por aplicaciones como Facebook y no usan tanto Instagram. Los padres que me hablan de los problemas que tienen con sus hijos no me comentan de ello y pocos manejan estas redes (Tik Tok o Instagram), al menos que tengan un trabajo que lo amerite».

Según la última investigación de Dove, los jóvenes pasan un promedio de cinco horas al día en las redes sociales, el 52 % de las niñas usan filtros todos los días y el 80 % usa al menos una aplicación para cambiar su apariencia antes de los 13 años.  “Es tan desgarrador pensar en niños que se miden a sí mismos contra este ideal con ojos grandes y labios grandes, y luego se ven a sí mismos como defectuosos”, reflexiona Diedrichs.

En el informe de Dove hay datos más escalofriantes: el 77 % de las niñas estudiadas aseguraron que intentaron cambiar u ocultar al menos una parte de su cuerpo antes de publicar una foto de sí mismas y el 50 % creía que no se veía lo suficientemente bien sin editarlas. “Esto sugiere que el efecto acumulativo de los filtros y la distorsión digital a lo largo del tiempo está creando una baja autoestima entre las niñas y mujeres jóvenes”, concluye Diedrichs.

Lamentablemente no existen estadísticas en Latinoamérica para conocer el efecto de los filtros en los niños y jóvenes, pero el Proyecto Autoestima de Dove abrió un «capítulo» en España, que sirve para hacernos una idea del problema. Se encuestó a más de 500 españolas de edades comprendidas entre los 10 y 17 años. Las estadísticas son reveladoras: el 23% de las encuestadas “no se ve lo suficiente bien” si no edita sus fotografías y el 20% siente decepción por no tener en la vida real el aspecto que tiene en sus fotos de internet.

Peor aún: el 69% de las niñas asegura que intenta cambiar u ocultar al menos una parte de su cuerpo cuando se va a hacer una foto para sus redes sociales. La cara, el cabello, la piel, los labios y el área abdominal son las partes del cuerpo que las jóvenes editan más. En general, el 63% reconoce que desearía estar más orgullosa de su cuerpo de lo que actualmente está.

A propósito de este estudio, la psicóloga Laura Palomares explicó a Cosmopolitan las consecuencias del uso de los filtros: “Cualquier filtro que transforme nuestro físico, buscando un ideal de belleza o exigencia de perfección, es potencialmente peligroso para nuestra autoestima, ya que genera la exigencia de cumplir un tipo de ideal, marcado en una aplicación, que está alejado de nuestra verdadera imagen e incluso de la realidad. Esto puede generar inseguridades, complejos y rechazo hacia el propio físico, además de una distorsión de nuestra propia identidad».

¿Qué hacer? Lo que recomiendan todos los estudios e informes señalados en esta nota: comenzar una conversación abierta con los niños y jóvenes y asesorarte con expertos. Si crees que la situación es grave, debes acudir inmediatamente a un especialista que trabaje ese tipo de temas.

El Estimulo

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